Amar el fútbol y no saber quién es Messi

Amar el fútbol y no saber quién es Messi

Hay gente a quien le gusta el fútbol. Mucha, muchísima. Gente que ve partidos de fútbol en la tele, pero también gente que va al campo para vivirlos en directo, e incluso gente que se reúne para jugar con los amigos, con más o menos regularidad. Todos ellos aman el futbol: no se limitan a ver una final de la Eurocopa sino que dedican horas y horas de su vida a esto, y esto, evidentemente, es porque algo les mueve. No es por el dinero (al contrario: ir al campo puede ser, de hecho, un hobby muy caro): es por pasión. Luego hay algunos que, además, ganan dinero jugando al futbol; pero incluso ellos no lo hacen por dinero, o por lo menos no sólo por dinero: lo hacen, de nuevo, por pasión.

Hablamos de ello aquí, en este blog, porque sería lógico imaginarse que con la música sucediera algo parecido. Y, de hecho, sucede. Pero no siempre, y sobre todo no siempre en el entorno de la música clásica. Es impresionante comprobar, por ejemplo, la poca música que escuchan tantos (que no todos, insistimos) estudiantes de conservatorio. No hacen falta estadísticas (aunque podría ser interesante hacerlas, y resultarían demoledoras) para afirmar que muchos jóvenes instrumentistas que frecuentan un grado medio de conservatorio no sabrían citar más que dos o tres nombres de intérpretes de su propio instrumento; si han oído alguna grabación de las obras que ellos mismos tocan, la inmensa mayoría no sabe decir quién era el intérprete; y con el repertorio las cosas no van mejor: intérpretes que con 15 años todavía no saben citar ni una obra de Bach o de Mozart que no sean las que ellos mismos han tocado; e intérpretes que llegan a los 20 y más sin haber oído jamás las obras clave de su repertorio.

Lionel Messi

Volvamos ahora al fútbol, y la comparación es inevitable: sería como llegar a los 15 años y no saber quién es Messi, llegar a los 20 y no saber que existen el Arsenal, la Juventus, el Bayern Múnich. Impensable, ¿a que sí? Y lo más sorprendente de todo es que entre estas personas hay muchas que están preparándose para ser músicos profesionales. ¿Qué sucede, por tanto? ¿Por qué no nace ese deseo de saber, de conocer, de vivir y aprender de los mejores? Evidentemente, no se trata de disciplina: nadie examina a nadie para comprobar si se conoce la alineación del Barça o del Real Madrid; quien se la sabe la ha aprendido por gusto propio, de un modo natural, incluso si se trata únicamente de una afición de televidente. Si, además, jugamos en algún equipo juvenil, esperando algún día estar allí, pisando ese mismo campo, ya ni hablamos.

Porque se trata de aprender: del deseo de aprender. Para alguien que ama el fútbol, ver a Messi jugar es una delicia. Pero para alguien que juega al fútbol, cada partido de Messi es una clase magistral, de aquéllas que cuando termina tienes ganas de intentar reproducir tú lo que él sabe hacer como nadie. A lo mejor a ti no te sale precisamente igual, pero allí has visto un modelo. Y nadie te ha obligado a ello: has deseado ver ese modelo, y aprender de él.

Si todo esto es válido para el fútbol, que nos rodea a diario y nos agrede a través de cualquier medio, ¿cómo no decir lo mismo de alguien que se dedica a una actividad tan minoritaria como la interpretación de la música clásica? Cualquier video de Arturo Benedetti-Michelangeli, de Vladimir Horowitz, de Martha Argerich y de tantos más es una clase magistral, y nunca mejor dicho: una magistral demostración de cómo dar vida a un paisaje sonoro a través de un inmejorable manejo del cuerpo. Y ya no hablamos de los estímulos que pueden llegar desde fuera el piano, como estudiar el gesto irrepetible de un director como Carlos Kleiber, acercarse al mundo del ballet o comparar diferentes puestas en escena de una misma ópera y apreciar así el abanico de opciones que puede existir a la hora de escenificar un personaje y una psicología a través de la música. Hasta miniaturas como las Kinderszenen de Schumann pueden convertirse en un sorprendente universo de movimientos y tipos de ataque contrastantes, si quien las toca las toca así:

A través de documentos como éste, así como a través de todo lo que podamos hacer mediante la escucha en directo, un músico va cultivando su imaginación, va acostumbrándose a maneras de frasear, de entender la gestión de las diferentes propiedades físicas del sonido y va incorporando ejemplos de cómo generar ese mismo sonido.

Jorge Luis Borges llegó a afirmar un día que su verdadero orgullo consistía en todo lo que había leído, más que en lo que había escrito. Para un músico todo empieza del escuchar.

Jorge Luis Borges en 1969

De ese escuchar que sólo puede nacer del hambre de escuchar, de conocer, de mejorar. Luego, por supuesto, necesitamos a los maestros que nos ayuden, a las guías que nos orienten en nuestro camino, especialmente si estamos en un momento de formación. Pero esa formación sigue, en realidad, toda la vida. Y siempre tendremos algo que aprender de aquéllos que han marcado la historia de nuestro arte: gente que ha hecho, mejor que nadie, lo que nosotros estamos haciendo hoy. Sólo necesitamos el deseo de seguir adelante: esa curiosidad inagotable que es el único talento realmente indispensable en cualquier disciplina.